martes, 2 de mayo de 2017

Fotos de familia, dos siglos


El General Santiago Amengual Balbontín (1815-1898; hijo de Santiago Amengual Costabella y Rosario Balbontín y Soto) se casó con Celia Peña y Lillo Morgado (hija de José de la Peña y Lillo Aguirre e Inés Morgado Uriondo).
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Entre sus hijos, Alberto Amengual Peña y Lillo (1879-1950), quien se casa el 28 de mayo de 1899 con Aurora Astaburuaga Urzúa (1879-1936; hija de José Astaburuaga Cienfuegos y Catalina Urzúa Vergara).
En la foto los vemos con cuatro de sus siete hijos, aún no había nacido mi abuela.
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Mi abuela: María Elena Amengual Astaburuaga (1907-1995), se casa el 8 de diciembre de 1934 en la Iglesia de la Asunción (Av. Vicuña Mackenna y Marcoleta, Santiago de Chile), con
Osvaldo Gatica Camoglino (1913-1979), hijo de Pedro Gatica Martínez y María Italia Camoglino).

A continuación una foto con su primer hijo, mi padre: Osvaldo Alfonso Gatica Amengual, y su hermana Aurora Javiera, después tendrían cuatro hijos más.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La huella dejada por René Amengual Astaburuaga

Aporte del sobrino Juan Bautista Gatica Amengual: "A modo de permanente recordatorio, cualquier oyente de emisoras chilenas, al sintonizar la FM 102.5, Radio de la Universidad de Chile, ´La Radio que Piensa´..., cada hora, al comenzar un nuevo programa o la difusión de noticias, podrá escuchar los primeros acordes del himno de la casa de estudios creados magistral e inolvidablemente por René.

Este delicado músico y maestro, así como el brillante poeta Julio Barrenechea, unieron sus talentos para darle a su amada Universidad de Chile, una parte imperecedera de sí".


La reseña que sigue, comentario del libro de Raúl Besoaín Armijo
; "René Amengual, un enamorado de la música", se agradece, desde ya, a Cristián Guerra Rojas.

La figura de René Amengual Astaburuaga (1911-1954), como ha dicho un ilustre colega de la Escuela Moderna de Música, es una figura meteórica pero de importancia capital, puesto que su corta vida se vincula a la historia y a la imaginería de importantes instituciones de nuestro país y de nuestra vida musical. Director del Conservatorio Nacional de Música desde 1946 hasta su muerte, co-fundador de la Escuela Moderna de Música en 1940, compositor del Himno de la Universidad de Chile, co-autor de clásicos de la enseñanza pianística chilena como Mi amigo el piano, Selección de clásicos y Los maestros del clavecín. Pianista, compositor y docente, todos quienes hemos tenido el privilegio de pasar por las aulas de alguna de las instituciones mencionadas, hemos tenido algún contacto con el legado artístico y pedagógico de Amengual. Pero además, existe un legado humano, en la dimensión de la calidad o de la calidez personal, que los estudios musicológicos y los catálogos de obras, tanto en el caso de Amengual como de otros grandes maestros, no contemplan. Y en ese sentido se orienta, sin desconocer la herencia musical, la obra de Raúl Besoaín Armijo, financiada con el aporte del Fondo de Desarrollo de las Artes y la Cultura (FONDART).
No se trata de una obra musicológica, sino de una obra de difusión del legado musical y especialmente el legado humano de René Amengual. Como el mismo autor plantea, no se trata de una tesis o de una obra modelo de originalidad, ya que todo tipo de comentarios o análisis estilísticos de las obras de Amengual y de su contexto proceden de trabajos realizados por compositores y musicólogos consagrados, como Samuel Claro, Jorge Urrutia, Vicente Salas Viu, Miguel Aguilar y Roberto Escobar. En cambio, el autor afirma que la personalidad de Amengual, "atrayente y carismática para quienes lo conocieron, es ejemplar para las nuevas generaciones y merece que sea conocida más allá del círculo estrecho de los estudiosos de la música culta de Chile". Y en verdad, con un estilo claro y ameno, sin llegar a profundidades técnicas, históricas y analíticas que no todos comprenden, Besoaín nos entrega la imagen de Amengual como la de un hombre lleno de alegría de vivir, afable, estudioso, preocupado más de los demás que de sí mismo, y sobre todo, como expresa el título de este libro, un enamorado de la música. En otras palabras y en otro sentido, el libro consigue dejarnos una leve sensación de frustración por no haber tenido la oportunidad de conocer personalmente a René Amengual. Pero queda su legado, a través de sus obras y sus discípulos. Y no podemos evitar mencionar un interesante dato que nos aporta el libro: durante el primer año de funcionamiento de la Escuela Moderna, Elena Waiss y René Amengual, verdaderos profesionales de la enseñanza, recibieron siete alumnos de piano y reprobaron a cuatro, y esos cuatro, al año siguiente, fueron los primeros en matricularse. Interesante dato histórico para quienes generan las políticas de administración, gestión y promoción de nuestras instituciones de enseñanza musical superior.
En síntesis, la difusión del legado amengualiano, debe ser entendido y valorado en esos términos. Y sin duda, agradezcamos que existan personas interesadas en este tipo de labores y pueda generarse un contacto más rico entre investigadores, profesores y difusores de nuestro patrimonio musical y artístico. De este modo, otras importantes figuras del quehacer musical chileno podrán ser conocidas, valoradas y apreciadas.

domingo, 16 de octubre de 2016

René Amengual Astaburuaga, un grande de la música

Hermano de mi abuela María Elena, hijo de Alberto Amengual Peña y Lillo y Aurora Astaburuaga Urzúa; quienes conformaron un hogar propicio para el cultivo de las bellas artes. Su madre Aurora, había ingresado al Conservatorio Nacional de Música en 1888, donde siguió los estudios de canto y violín con Luisa Balma y Juan Gervino, respectivamente. Una vez que obtuvo su diploma profesional, se dedicó a impartir clases de piano.

Estudios musicales

Siendo aún muy pequeño, y estimulado por su progenitora, ingresó al Conservatorio Nacional en 1923; cinco años más tarde, lo educaron los maestros Alberto Spikin y Rosita Renard (en piano), y Pedro Humberto Allende (en composición). Concluidos sus estudios, una serie de cargos vino a engrosar su currículum laboral: profesor ayudante del curso de Ópera (1935), del de Piano (1937) y profesor de Análisis de la Composición Musical (1940). Este último año recibió su nombramiento de profesor de música del Liceo Experimental Manuel de Salas.

La más importante de sus realizaciones fue la fundación de la Escuela Moderna de Música de Santiago, junto a otros jóvenes músicos de su tiempo (1941).

Fue director del Conservatorio Nacional desde 1947 hasta el día de su muerte, habiendo ejercido en forma interina estas funciones entre 1946 y 1947.


Obras más destacadas:

* Concierto para piano, 1941.
* Himno de la Universidad de Chile, 1942.
* Concierto para arpa, 1950.
* Diez preludios, 1951.


Discografía

* "René Amengual: un Enamorado de la Música", editado por SVR Producciones en 1997.

* "Piano Chileno de Ayer y Hoy", editado por SVR Producciones en 1994. En este CD fueron grabadas las siguientes obras de René Amengual: Arroyuelo (1932-1934), Tonada (1937) y Transparencia (1937).

* "Clásicos Populares Latinoamericanos en la Voz de Cecilia Frigerio", editado por SVR Producciones en 1996. En este CD fue grabada la canción de René Amengual "Me Gustas Cuando Callas" (texto de Pablo Neruda).

* "Música Chilena del Siglo XX, Vol. VII-VIII". Editado por SVR Producciones en 2001, contiene la obra Sonatina de 1939.

* De la colección "Bicentenario de la Música Sinfónica Chilena Vol. II", editado por SVR producciones en 2005, se destaca Preludio Sinfónico de 1939.

* "Bicentenario del Piano Chileno Vol. I", grabado por SVR Producciones en 2004, el pianista letón Armands Abols interpreta Diez Preludios Breves de 1911-1954.

Muere joven (43 años), en pleno éxito, al regreso de un viaje por Noruega, de peritonitis.

En la foto (Utrecht, Holanda) junto a Domingo Santa Cruz Wilson (1899-1987), reconocido compositor, abogado y profesor universitario, ambos promotores del movimiento musical chileno del siglo XX.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Juan Jufré, línea familiar y biografía

1- maría elena amengual astaburuaga; madre de osvaldo alfonso gatica amengual (mi padre)

2- aurora astaburuaga urzúa es la madre de maría elena amengual astaburuaga

3- josé pedro astaburuaga cienfuegos es el padre de aurora astaburuaga urzúa

4- petronila cienfuegos y silva es la madre de josé pedro astaburuaga cienfuegos

5- catalina silva montero es la madre de petronila cienfuegos y silva

6- luis de silva y gaete es el padre de catalina silva montero

7- rita josefa ortiz de gaete y osorio de toledo es la madre de luis de silva y gaete

8- valentín ortiz de gaete y fernández de córdoba es el padre de rita josefa ortiz de gaete y osorio de toledo

9- fernando ortiz de gaete y mier de arce es el padre de valentín ortiz de gaete y fernández de córdoba

10-francisco ortiz de gaete y agurto es el padre de fernando ortiz de gaete y mier de arce

11-francisco ortiz de gaete y jofré de loayza es el padre de francisco ortiz de gaete y agurto

12-geracina jufré de loayza y meneses aguirre es la madre de francisco ortiz de gaete y jofré de loayza

13-gral. juan jufré de loaysa y montesa es el padre de geracina jufré de loayza y meneses aguirre


Interesante conocer la vida del General Juan Jufré de Loaysa y Montesa; no sólo fue un conquistador español, con todo lo que ello implica.
Si algún día se escribe una Historia de la Economía Chilena, ella deberá comenzar forzosamente con el nombre de Juan Jufré. Este hombre que, de simple soldado en tiempos de Valdivia llegó a ser Alcalde de Santiago y fundador de ciudades, fue también el primero que cimentó con su industria la prosperidad de su nueva patria.
La historia chilena siempre fue escrita en torno a los Gobernadores y a los grandes capitanes de armas. Por eso el nombre de Juan Jufré no luce con el brillo magnífico de Almagro, de Valdivia o de Villagra. Sin embargo, él estuvo ligado a Chile desde el comienzo, y más de alguna de sus actividades de pionero influyó decisivamente en el desenvolvimiento del país más lejano del mundo de aquellos días. Jufré nació alrededor de 1516 en Medina de Rioseco, Castilla la Vieja, en un hogar hidalgo pero no rico. Se formó en la casa del Conde de Toledo, y a los 21 años se embarcó para América, llegando al Perú por 1539. A las órdenes de don Francisco de Aguirre se unió a la primera expedición de don Pedro de Valdivia en territorio chileno, juntándose con éste en el poblado de Atacama la Grande, que hoy se llama San Pedro de Atacama. Fiel compañero de ambos conquistadores, corrió su suerte acompañándolos en todas sus empresas y vicisitudes, llegando a emparentarse con Aguirre y con Villagra.
Sin embargo, lo notable de Juan Jufré fue su capacidad para combinar las dotes de guerrero y gobernante con la de productor de bienes, en una época en que la industria no era apreciada como una labor noble, sino relegada a un opaco lugar en la escala social.
Sus primeros años en Chile fueron parecidos a los de otros conquistadores. Estuvo en la fundación de Santiago, recibiendo allí un solar y más tarde unas tierras en Ñuñoa . Acompañó a don Pedro de Valdivia en su largo viaje al Perú, a luchar contra el sublevado Gonzalo Pizarro, participando en la victoria de Sacsahuamán junto a las tropas leales al Emperador.
Después volvió a correr la tierra del otro lado del Maule, siempre peligrosa, y regresó a Santiago con el título de Capitán y Justicia de la provincia de los Promaucaes.

Una carrera ascendente
Años más tarde, muerto Valdivia a manos de Lautaro y despoblada Concepción, Jufré salió a socorrer a sus habitantes, marchando luego a combatir a los indios en Peteroa, sin vencer ni ser vencido. "Dos ojos que sacaron a dos soldados" fue el saldo desfavorable del encuentro. Elegido Gobernador su cuñado Francisco de Villagra, ayudó a éste con caballos y bastimentos, siendo comisionado por él para pasar la cordillera, auxiliar a los españoles que habían quedado aislados cerca de Mendoza, y seguir luego a Tucumán, donde fundó San Juan de la Frontera, en 1556 (actual San Juan, Argentina).
En medio de esos ajetreos, también debió desempeñar los cargos de regidor, alcalde y alférez real, hasta 1565.

El casamiento de un Conquistador
Para quienes no visualizan claramente la variedad de sacrificios que debían afrontar los que venían a este confín de la tierra, es bueno contar la odisea del casamiento de Juan Jufré.
Siete años demoró en concertar su matrimonio con una mujer que no conocía, y que al fin llegó de Castilla cuando el novio ya contaba con 43 años bien batallados.
Si fueron o no felices no lo sabemos, la realidad marca que tuvieron al menos siete hijos que a su vez fueron a la guerra, a los conventos y al campo, y que perpetuaron el apellido Jufré o Jofré por todo el reino.
Pero veamos a grandes rasgos esta pequeña gran historia. En 1552 nuestro buen soldado, ya ascendido a capitán y elegido regidor de Santiago, confirió poder a sus amigos y parientes Jerónimo de Alderete, Diego Jufré y Diego Nieto para que cualquiera de ellos (pues bien podían morirse o ser muertos antes de cumplir el encargo) se casara en nombre de él en España con alguna de las hijas de don Francisco de Aguirre, que se llamaban Constanza de Meneses, Isabel y Eufrasia. Alderete pudo concertar el matrimonio con la primera de ellas sólo tres años más tarde, ofreciéndole una dispensa de 16.000 castellanos de oro. Doña Constanza debió entonces solicitar autorización al rey para pasar a América, lo que consiguió en Valladolid en 1556. Llegó a Lima al año siguiente, donde debió permanecer otros dos años, debido a que su padre, el fundador de La Serena, había sido procesado por la Inquisición. Y sólo en 1559 tuvo lugar en Santiago la ceremonia de la velación, después de la cual la novia pudo ¡por fin! saludar tímidamente al hombre al que su familia y el azar le habían destinado...

Un productor incansable
Por las numerosas encomiendas y tierras que poseyó Juan Jufré fue una especie de señor feudal con jurisdicción política y judicial, y con poder de vida o muerte, entre Santiago y el Maule. A las tierras de Ñuñoa sumó las de Peteroa, Mataquito y Pocoa.
En Ñuñoa, plantó las primeras vides que hubo en la zona central del país, produciendo vinos que no sólo se consumieron en Chile sino también en el Perú, adonde era transportado junto con el sebo y los artículos de cuero que entonces eran la base del intercambio, en barcos... que también le pertenecían.
En 1553 levantó un molino de dos ruedas sobre la ribera norte del Mapocho: fue el primitivo molino San Cristóbal, cuyo nombre aún se conserva, después de cuatro siglos.
A orillas del Mataquito fundó un obraje textil de gran producción al momento de su muerte.

El mar
Juan Jufré no fue un hombre de tierra adentro, limitado por las cuatro paredes de los cerros. También miró hacía el océano, y para variar, a orillas del Maule formó un astillero del que salieron a lo menos dos barquitos, tal vez los primeros construidos en Chile para el comercio.
Ya dijimos que en ellos fletó sus vinos al Perú, y también traficó a lo largo de la costa chilena. Pero no se calmó allí su inquietud: parece que también los envió a la conquista de nuevos y lejanos horizontes...
Aunque la Historia no es clara en este punto, lo cierto es que Jufré tuvo numerosos tratos con Pedro Sarmiento de Gamboa, el heroico explorador y desgraciado fundador de villas en el Estrecho de Magallanes. Se dice que acordaron que éste hiciera, por cuenta del primero, una expedición hasta Oceanía, a tierras que el navegante decía haber avistado.
No llegó Jufré a concretar sus proyectos con Sarmiento, pero los descubrimientos de otro piloto famoso, Juan Fernández, acabaron de entusiasmarlo: éste contaba a quien quisiera oírle, que había llegado en uno de los barcos de Jufré a las costas de Australia o Nueva Zelandia, donde desembarcó y trabó relación con los naturales, aunque nunca aportó pruebas palpables de su hazaña.
En todo caso, hay constancia documental de las autorizaciones pedidas por Jufré al Gobernador don Melchor Bravo de Saravia para "descubrir e conquistar islas en los mares del Sur..."
Así, sean o no ciertas las historias de Juan Fernández, no caben dudas de que el espíritu visionario y aventurero de nuestro primer hombre de empresa lo hizo también avizorar antes que nadie las inmensas posibilidades del Pacífico.
Sin embargo, por una de esas paradojas tan frecuentes en la vida de los que marchan adelante de los demás, Juan Jufré murió pobremente.
En 1578, y a pesar de haber guerreado y gobernado, de haber labrado tierras y fundado industrias, de haber construido barcos y surcado el mar, no pudo cumplirse su testamento por falta de bienes, que ni siquiera alcanzaron para devolver el valor de la dote de su viuda, doña Constanza de Meneses.

martes, 11 de octubre de 2016

Francisco de Aguirre (1508-1581), Conquistador

Su estatua en Santiago del Estero, Argentina, la ciudad mas antigua del país, fundada por él en 1553.

Línea genealógica hasta María Elena Amengual Astaburuaga (1907-1995).


aurora astaburuaga urzúa es la madre de maría elena amengual astaburuaga

josé pedro astaburuaga cienfuegos es el padre de aurora astaburuaga urzúa

petronila cienfuegos y silva es la madre de josé pedro astaburuaga cienfuegos

catalina silva montero es la madre de petronila cienfuegos y silva

luis de silva y gaete es el padre de catalina silva montero

rita josefa ortiz de gaete y osorio de toledo es la madre de luis de silva y gaete

valentín ortiz de gaete y fernández de córdoba es el padre de rita josefa ortiz de gaete y osorio de toledo

fernando ortiz de gaete y mier de arce es el padre de valentín ortiz de gaete y fernández de córdoba

francisco ortiz de gaete y agurto es el padre de fernando ortiz de gaete y mier de arce

francisco ortiz de gaete y jofré de loayza es el padre de francisco ortiz de gaete y agurto

geracina jufré de loayza y meneses aguirre es la madre de francisco ortiz de gaete y jofré de loayza

constanza meneses y aguirre es la madre de geracina jufré de loayza y meneses aguirre

general francisco de aguirre es el padre de constanza meneses y aguirre

Nació en Talavera de la Reina, Toledo, España, en 1508; falleció en 1581, en La Serena, Chile.
Fue fundamental en la conquista del Reino de Chile. La biografía que adjunto es un repaso suscinto. Controvertido, despiadado con los indios, producto de una época, y de considerarlos "sin alma", no humanos.
Hijo de Hernando de la Rúa y de Constanza Meneses Cornejo, se incorporó joven a las tropas imperiales de Carlos V, participando en la Batalla de Pavía y el asalto a Roma (1527). Se trasladó y vivió en el Perú, donde conoció a Pedro de Valdivia, a quien acompañó en su expedición de conquista de Chile (1540); siendo su hombre de confianza.
Fue el primer alcalde ordinario del cabildo de Santiago (1541).
Nombrado teniente gobernador de la zona entre el río Choapa y Atacama, Valdivia le encargó la reconstrucción de La Serena destruida por los indios en el norte, ya que había demostrado mano dura en la guerra contra los indígenas y en el castigo de ellos. El 26 de agosto de 1549 Aguirre refundó la ciudad, construyendo un fuerte para defenderse de los ataques, para después ponerse al frente de su tropa y marchar en persecución de los indígenas. El norte de Chile quedó libre de peligros desde ese entonces, pero también mucho más despoblado y con menos mano de obra.
Teniente general de La Serena, el gobernador le encargó en octubre de 1551 la toma de posesión de Tucumán al otro lado de la cordillera, tras disputar esta zona a Juan Núñez de Prado, que desconocía la autoridad de Valdivia. Dos años más tarde, en 1553 funda el tercer asentamiento de la ciudad Barco III, actualmente Santiago del Estero, en Argentina, siendo esta la provincia y la ciudad más antigua del territorio nacional argentino.
Cuando murió Valdivia en la Batalla de Tucapel (si bien no hay relación sanguinea con la familia, bien vale la pena en algun momento, escribir sobre él y, su terrible muerte), se abrió el testamento, que designaba a Francisco de Aguirre como gobernador de Chile en ausencia de Jerónimo de Alderete. Cuando recibió la noticia se encontraba en Tucumán y ya había sido designado gobernador Francisco de Villagra, debido a la muerte del primero de la lista y la ausencia del segundo.
Al enterarse de esos hechos por sus amigos de La Serena, se dirigió inmediatamente a esa ciudad, que le recibió como Capitán General y Justicia Mayor. Comunicó esta elección a Santiago, haciendo decir que las tropas de su mando estaban dispuestas a sostenerlo en este cargo, que por lo demás le correspondía de derecho en virtud del testamento de Valdivia.
El cabildo de Santiago, sin embargo, no capituló a la fuerza, por lo que Aguirre mandó a su hijo Hernando con una parte de sus tropas, que fueron desarmadas en Santiago. Finalmente el conflicto se resolvió cuando se le envió una petición a la Audiencia de Lima, la cual determinó que los cabildos debían tomar el mando por seis meses, hasta que el Virrey designase un nuevo Gobernador, y si expiraba el plazo, Villagra sería el Gobernador, quedando entretanto a cargo del ejército en el sur. Aguirre quiso desconocer el fallo, pero la poca fuerza que tenía no le iba a bastar para derrotar a Villagra si hubiese un enfrentamiento, por lo que lo aceptó de muy mala gana.
Había llegado en 1557 el nuevo gobernador designado por el Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, quien era nada menos que su hijo, don García. Entre las primeras acciones del nuevo gobernador, se tomó presos a Aguirre y a Villagra, a pesar de que se habían portado muy corteses frente a él.
Al abordar el barco que los llevaría al Perú, la leyenda pone en la boca de Villagra las siguientes palabras: “Mire vuestra merced, señor general, lo que son las cosas del mundo, que ayer no cabíamos los dos en un reino tan grande y que hoy nos hace don García caber en una tabla.” En ese momento se reconciliaron los dos capitanes, que antes de su enfrentamiento habían sido amigos.
Su apresamiento en Perú no fue del agrado del Rey y sus consejeros. Regresado a Chile en 1559, el Virrey del Perú, el conde de Nieva, dio a Aguirre el mando de la provincia de Tucumán. En 1564, cuando la conquista de esa región estaba a punto de perderse, Aguirre asentó nuevamente la dominación española.
Durante su mandato, se produjo una rebelión dirigida por el capitán Jerónimo de Holguín, que concluyó con el cautiverio de Aguirre. Liberado posteriormente, la autoridad eclesiástica de Charcas lo citaba ante su propio tribunal para someterlo a juicio por haber proferido algunas proposiciones heréticas.
Las constantes quejas de su administración motivaron al Virrey a separarlo del mando, nombrando en su lugar Gobernador de Tucumán a Jerónimo Luis de Cabrera. En 1576, volvía de nuevo a Chile y se establecía modestamente en la ciudad de La Serena, donde moriría finalmente.

jueves, 6 de octubre de 2016

General Santiago Amengual (datos inéditos)

Utilicé la palabra inéditos porque por primera vez los publico en internet.

EL General Amengual, entre todos los atributos destacados y reconocidos, poseía uno que quizás pasa inadvertido para los historiadores: su capacidad como organizador de cuerpos militares de la más variada índole.


En 1840 había organizado la Artillería de Marina; en 1842 el Escuadrón de Lanceros de Valparaíso; en 1844 cinco Escuadrones de Caballería en Quillota (su tierra natal).
En 1851 fundó el Batallón de Cívicos Nro. 4, y el 2 de febrero de 1859 el famoso y admirado "Batallón 7mo. de Línea", que reorganizaría veinte años después a raíz de la Guerra del Pacífico.


CONDECORACIONES

- Medalla de Oro por el Combate de Cerro Barón (1837).

- Escudo de Honor por el Combate de Buín (1839); bajo las órdenes de Manuel Bulnes.

- Dos Medallas de Oro (una del Gobierno de Chile y la otra del Gobierno del Perú) por la Batalla de Yungay; 1839.

- Medalla de Oro por el Motín Militar de 1851.

- Por Ley del 1ro. de setiembre de 1880, se le concedió una Medalla de Oro y una barra del mismo metal; por Tacna.


* Se puede apreciar en la foto arriba su cuchillo corvo.

martes, 20 de septiembre de 2016

La noche y otros fantasmas

Me cuesta compaginar la película, no puedo, me resisto; fotos, una tras otra, fotos. Pasan a manera de ráfagas, espasmos en imágenes. Tres gramos se habían extinguido en cuestión de minutos, o para ser más preciso: en cuatro viajes al baño. A esa hora (la una de la mañana de un sábado), el “Bar del Roble” se encontraba colmado.
Whisky y cocaína, un dúo inseparable al que me había acostumbrado y al cual recurría en búsqueda mágica para olvidar fantasmas. A tiro de la caída en pendiente, vaticinada por Mariana, mi novia, quien me había condicionado: “la cocaína o yo”, y no pude con el genio, le respondí con una de mis salidas, festejada por amigos y odiada por ella: “la opción es falsa, a vos te amo, la merca es una amiga pasajera”.
Poco a poco fui ingresado en la encerrona de la droga, una fantasía a la que se accede desde los movimientos sensuales e insinuantes de la mujer bella, tierna y dócil, que te presentan para “saber lo que es bueno”; hasta caer en la verdad, a disposición de una furtiva señorita de vida licenciosa, que te arruinará a la primera de cambio e inexorablemente comerá tú alma. Uno más de aquellos que a partir de las propias inseguridades tratan de mostrarse superados o de vuelta, y la llevé en el diario vivir. La dócil doncella enamorada del príncipe, dispuesta a entregarse sin dobleces en pos de sus deseos, y es al revés, siempre es al revés. O por mejor decir: te ofrece la inmortalidad, se le cree, y cuando recuperás un atisbo de lucidez te das cuenta que tú vida no te pertenece, la hipotecaste en cuotas, caras, muy caras…
Una marioneta cuyos hilos invisibles no podés cortar (vos sos el muñeco), y bailás al compás de su música, esa que toca desde el infierno, creyendo escuchar, al principio, sonidos embriagantes del paraíso.
La noche (siempre), así sean las cuatro o seis de la tarde, siempre es la noche, la mentora y gurú, el escenario y los actores. Las máscaras del teatro: la comedia y la tragedia; hasta que mucho más temprano que tarde una de ellas sobre, y la comedia es la que sobra. El mortal travestido en semidiós, es engañado y uno, en la vorágine límite de la desmesura le agradece, hasta le rinde culto, se la exalta, no se puede retroceder, sos suyo.
Y uno no danza solo, la función está plagada de otros bailarines, que te inducen a no dejar por nada del mundo las tablas, son magistralmente socios en una cofradía de seudo superhéroes.
Busqué la puerta de salida al compás de la música de “Erasure”, saludé a los amigos de la mesa, le di un efusivo apretón de manos a Manuel, uno de los mozos; iba en busca de más sensaciones, horas vividas como días.
Todo ahora, todo ya, y recordaba muy seguido, como un presagio, la letra de un tema de Charly García: “esas motos que van a mil, sólo el viento te harán sentir, nada más…”.
Afuera esperaba la Kawasaki 750, una combinación cercana al paroxismo: el rugir de los cuatro cilindros con sus 16 válvulas al acelerar y el néctar blanco; alucinado volé.
Más fotos. A máxima velocidad dejaba atrás Caseros por la avenida Urquiza en dirección a la General Paz, ahí nomás, en los márgenes de la Capital Federal, rumbo al barrio de Palermo, para encontrarme con otros amigos de la noche. Y otras fotos, una nebulosa. Estar sobre la moto, haber parado a cargar nafta, quitarme el casco, una broma con el empleado. Sacar la billetera. Pagar. Vuelta a calzarme el casco. Acelero, foto. Desolado el camino, es asfalto deglutido en el andar furioso, no sé si la aguja estaba en 150 o 180, si me viene la imagen de la luna llena, algunas luces titilantes perdidas dando marco, apretado contra el tangue, un silbido, el escape. Otra foto, y es una ruta, y un cartel: “Luján 5 km”; ¿pero si el camino es para el otro lado? No hay más fotos, sin imágenes para comentar”.

Soy el doctor Matías Kendler, traumatólogo. Estando de guardia en el Hospital Zonal de Mercedes fue ingresado un accidentado vial (kilómetro 98,400 de ruta 7, a las 3:35 a.m., el 6 de junio), estabilizado en la ambulancia luego de un paro cardiorrespiratorio y politraumatismo severo, a quien hubo de amputársele la pierna derecha.
En este tiempo en el cual lo he seguido en su recuperación (fractura múltiple en brazo derecho y cúbito y radio de la muñeca izquierda) entablamos una confianza que surge por la secreta necesidad de ser escuchado y encontrar quien esté dispuesto a prestar el oído.
A los cuatro meses del trágico acontecimiento me pide que transcriba lo precedente a manera de liberación. La palabra descargo que él utiliza para referirse no me parece apropiada; sí exorcizar demonios.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El legado del General

Lo que he de contar me fue transmitido por mi abuela María Elena Amengual Astaburuaga, quien vivía en ese entonces en San Bernardo, Chile, junto a sus seis hermanos y padres: Alberto y Aurora.
Aurora, siendo apasionada profesora de piano supo inculcar esta devoción a los hijos, muy especialmente a René, quien llegaría a convertirse en un conocido concertista, lamentablemente murió joven -y quizás no sea tan malo si pensamos en decrepitudes y otras lindeces-, a los 43 años en 1954, de peritonitis, al regresar de una gira por Noruega.
Eran nietos del General Santiago Amengual Balbontín (1815-1898), héroe de la Guerra del Pacífico, también conocido como “el manco” glorioso.
Aclaro algo que hace a la verdad del personaje; lo de manco surge a raíz de una lesión sufrida en la batalla de Loncomilla (1851) que le inutilizó el brazo izquierdo, no lo perdió.
En la planta alta de la casona existía un salón destinado a todo lo concerniente al héroe: medallas, uniformes, espadas, el corvo, el cuchillo corvo que lo acompañara toda la vida (incluso ya retirado seguía llevándolo encima); a la manera de orden prusiano relucían en exposición ante quienes lo desearan, especialmente escolares provenientes de distintos puntos del país. El final del recorrido concluía con la interpretación en piano por parte de René de la marcha “Adiós al Séptimo de Línea”, y así, entre acordes marciales los visitantes se iban retirando.
Al morir René, todo ese patrimonio se donó al Ejército y a museos.
Fue en julio de 1934 (la memoria de María Elena no podía precisar el día, tenía muy presente el frío y la nieve) a eso de las nueve de la noche que acontecieron los hechos.
Alberto y Aurora con sus otros hijos habían viajado a Quillota, quedando los dos –mi abuela y René- al cuidado de la casa junto a la cocinera familiar (Elvira) quien ese día estaba de licencia.
Encontrándose frente al hogar de la planta baja, obnubilados por el crepitar de la leña en el fuego, escuchan un grito desgarrador que viene desde arriba, seguido por un fuerte golpe en el techo de la galería externa.
¿Subir o salir?, René toma el viejo y pesado atizador de bronce y abre sigilosamente el pórtico. Entre la bruma de la noche ve correr un hombre a los tumbos, treparse a duras penas por una madera inclinada sobre el muro que daba a la calle y saltar al otro lado. Vuelve sobre sus pasos al interior, con cautela y llevando el dedo índice a los labios le indica a mi abuela María Elena que se quede callada y encara la escalera pensando que podía haber alguien más.

En la planta alta, cerca del cuarto devenido en museo, una ráfaga de viento helado es indicio de la ventana abierta, gira con cuidado el pomo de la puerta, la empuja con un pie y con la mano izquierda enciende la luz, ya no tuvo dudas, el intruso había ingresado por allí.
Un camino de sangre nacía al pie del expositor de espadas, recorría la amplia sala, demarcaba el bajo de la ventana y se hacía línea de gotas púrpura sobre el colchón de nieve en el techado que se apreciaba claramente al asomarse. Todo en su lugar, salvo la vitrina horizontal -la que alojaba condecoraciones, medallas y el cuchillo corvo-, cuya tapa se encontraba levantada. Se acercó y la sorpresa fue mayúscula; el cuchillo que hasta ayer mostraba una hoja reluciente, inmaculada, ahora se veía cubierto de sangre fresca.
Jamás los padres se enteraron, nunca antes alguien había escuchado la historia; ese día decidieron limpiar y callar, en un juramento de décadas, un pacto que María Elena rompería conmigo.
Quizás el General Amengual, el glorioso manco, el héroe de tantas y tantas batallas no se resignaba, quizás aún siga dando vueltas en San Bernardo, quizás nunca murió, tal vez tenía razón Robespierre: "la muerte es el comienzo de la inmortalidad”; quién sabe…

viernes, 1 de abril de 2016

Historia de sangre

“No hay nada más fantástico que la realidad”

Caía a plomo la noche sobre el campamento, corrida por enfrentamientos y escaramuzas -provincia tras provincia-, la tropa agotada descansaba. La Batalla de Pavón aún estaba fresca, hoy en día se sigue discutiendo sobre los motivos que impulsaron la retirada del General Urquiza, regalando la victoria a Mitre, tal vez un pacto secreto.
Con una guardia mínima decidida por el General Benjamín Virasoro, esperaban el regreso de Urquiza y sus soldados (nunca llegaría), quien gozaba de la tranquilidad en su palacio de Entre Ríos.
Noviembre, el calor sofocante minaría la posibilidad de descanso en cualquiera, y estos cuerpos, que no daban para más, no serían la excepción. Un letargo somnoliente se fue apoderando de ellos.
Aprovechando el silencio y la oscuridad, con dos fogones extinguiéndose, fueron cayendo desde los flancos los comandados por el general uruguayo Venancio Flores, quien respondía a las órdenes de Mitre.
No hubo piedad, no hubo miramientos.
Quizás la historia rememora siempre las contiendas, cambiando escenarios, sin nuevas lecciones, con viejas prácticas, esas que los moros enseñaron en su paso por la Península Ibérica y los españoles, los realistas, se encargaron de diseminar por estos lares, entre los paisanos ya acostumbrados con el ganado.
Fueron estas prácticas las que pusieron al ser humano a la altura de un cordero, sin posibilidad alguna de redención; para el que mata, para el que muere. En esa cercanía, la mano, la sangre, la vida y la muerte, la expresión máxima de lo “humano”.
Y fueron con sus cuchillos camperos, los mismos que al mediodía habían sido utilizados para cortar la carne vacuna asada, en un almuerzo lento con final de guitarreada, los que cruzaron la existencia de los desprevenidos, durmiendo, cerca -sin sospecharlo-, del último sueño. No hacía mucho que el gran maestro argentino (Domingo Faustino Sarmiento), en una de las tantas sutilezas con las que gustaba adornar y expresar el sentir profundo, le había escrito a Mitre: “no trate de ahorrar sangre de gauchos…”, o “la sangre de esa chusma incivil, bárbara y ruda es lo único que de humano tienen”.
El General Venancio Flores, digno lugarteniente del General Mitre, dispuesto a traducir en hechos las palabras del sanjuanino, sin clarín que anunciara el pase a degüello dio la orden, y ahí fueron sus hombres en silencio.
La daga civilizadora, en el bando unitario, cayó impune y precisa sobre la masa bárbara de federales.
Brasileros, uruguayos y un par de italianos “especializados”, cada uno con su estilo, un sello casi religioso si me permiten la digresión, un culto pagano; no era lo mismo cortar el cuello de oreja a oreja, o la tráquea, yugular y carótida en un golpe seco de la hoja. Unidos sí por los estertores espontáneos e involuntarios de los músculos y extremidades del reo, entre gorgoteos y vómitos de sangre.
Fueron más de trescientos los degollados.
La realidad de las guerras civiles en Argentina, en una Argentina que comenzaba a dar los primeros pasos, entre federales y unitarios, el interior profundo frente al centralismo del puerto de Buenos Aires.
Una matanza que se conocería como Batalla de Cañada de Gómez, ¿batalla?, vaya paradoja la historia, o sus escribas, esos que delinean con la pluma (y la espada) los libros y manuales que formarán a nuestros niños.
Muy pocos lograron salvarse, pocos evitaron la muerte a filo del puñal. Entre esos pocos, quien escribiría tiempo más tarde el “Martín Fierro”, José Hernández, y el fundador de la Unión Cívica Radical, Leandro Alem.
Sin tiempo para colocar las monturas, a lomo de sus caballos le ganaron la carrera a la muerte.
Esto es historia, no se trata de un cuento.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El Almirante Blanco Encalada y un joven oficial

La historia está llena de anécdotas y hechos que muchas veces se pasan por alto. La primera persona con título de "Presidente de la República" en Chile (1826 y por dos meses) fue Manuel Blanco Encalada. A los argentinos le es familiar porque una conocida calle del barrio capitalino de Belgrano lleva este nombre. Pues bien, Blanco Encalada nació en Buenos Aires el 21 de abril de 1790 y falleció en Santiago, el 5 de septiembre de 1876.

Con 22 años, Santiago Amengual -bajo las órdenes del mencionado almirante-, y debido a su valerosa y destacada actuación en el Combate de Cerro Barón (6 de junio de 1837); obtiene la primera Medalla de Oro otorgada por el Supremo Gobierno.

El 16 de junio se dispuso: “Queriendo el Gobierno recompensar de algún modo el importante servicio que han prestado a la causa del orden los cuerpos del ejército y milicias que derrotaron a las tropas rebeldes en las alturas del castillo del Barón, ha acordado y decreta:

Art.1º Se concede a los jefes y oficiales que concurrieron a tan memorable jornada el uso del distintivo de una medalla de oro figurando una estrella con cinco rayos que llevará en el anverso el lema: “A los fieles defensores de la Ley y en reverso: Alturas del Barón, junio 6 de 1837".

Art. 2º El expresado distintivo será esmaltado para los jefes y tanto éstos como los oficiales lo llevarán pendiente del ojal de la casaca de una cinta azul con cantos encarnados.

Art.3º La estrella del General que mandó la batalla llevará el extremo de cada rayo un brillante.

Art. 4º La clase de sargentos usará el mismo distintivo en igual forma que los oficiales, con diferencia que será de plata; y los cabos y soldados usarán en el brazo izquierdo un escudo de paño negro con la misma estrella de color blanco y del mismo color la inscripción alrededor: “A los fieles defensores de la Ley, junio 6 de 1837”.



Combate de Cerro Barón (sinopsis)

A mediados de 1837 se encontraban listas las tropas para partir a la Expedición al Perú. Sin embargo, existían dentro del ejército algunos oficiales que pensaban que había que impedirlo, ya que para ellos significaba un intento de destruir al Ejército y permitiría perpetuar en el mando al Ministro Portales (imagen derecha).


En este contexto se produce el motín del Regimiento Maipo -en Quillota-, que estaba al mando del Coronel José Antonio Vidaurre; cuando el Ministro Diego Portales se encontraba revistando las tropas es tomado preso.

Al conocerse esta asonada y que el ministro había sido detenido, el Alte. Manuel Blanco Encalada (Comandante en Jefe de la expedición al Perú) prepara la represión desde los Cerros del Barón; el Batallón Valdivia con sus 600 hombres, los dos batallones de la Guardia Cívica con 1180 milicianos, 70 jinetes y 4 cañones, con el propósito de cerrar el paso a los revolucionarios.

En la madrugada del día 6 de junio, Vidaurre atacó a Blanco Encalada en el Barón, pero fue totalmente rechazado y dispersada su tropa. Mientras se realizaba el combate, el capitán Santiago Florín asesinaba al Ministro Diego Portales.
La derrota de Vidaurre -es ejecutado y exhibida su cabeza en la Plaza de Quillota- y la muerte de Portales se supieron simultáneamente en Santiago, llenando de consternación al Gobierno.

martes, 1 de diciembre de 2015

Recuerdos de familia

Hurgando en "el cajón de la nostalgia", que posee mí tío Juan Bautista, aparecieron, para la emoción, estas piezas. El valor afectivo que encuentro me conmueve. Febrero de 2012.


Mini navaja perteneciente al General Amengual (compárese con una moneda de 100 chilena).

Libreta de anotaciones -muy pequeña-, escrita con tinta y pluma, por la mano de Alberto Amengual Peña y Lillo (mi bisabuelo, hijo del general); dedicada a una joven llamada Aurora Astaburuaga Urzúa (su futura esposa).

lunes, 21 de septiembre de 2015

El Pastor

Disfrutaba el agua tibia deslizándose por el cuerpo, lo tranquilizaba, para él se trataba de un placer mundano permitido, diez minutos exactos. Siempre tenía presente a sus progenitores, las enseñanzas que le habían impartido. La firmeza paterna que agradecía y consideraba fundamental en la formación del carácter, la dulzura inigualable y paciente de la madre. Podía asegurar que el alimento para el espíritu, después de Dios, era el recuerdo perenne de ella: entrañable, cálida, a pura sonrisa, ¡y la tarta de manzanas!, un aroma único, delicioso, plagado de nostalgia. - “Che bello e´mio figlio”, imposible olvidarla, resonaban como un bálsamo en los oídos, lo acariciaba amorosamente; ahora en castellano: “vete a jugar con tus hermanos, cuando esté lista te llamo”. Pegada a la cocina con el delantal azul de flores blancas, jazmines, el pelo recogido en una gran trenza gruesa, casi apuntado al cielo, y el canturreo de alguna “canzonetta”. Tomó la pesada toalla blanca, inmaculada, para secarse, en ese preciso momento una paloma se posó en la pequeña ventana que estaba a cuarenta centímetros en línea con la cabeza y daba a un patio interno. Fijó la vista en ella, hizo un chistido para que se fuera, notó algo brillante en una de las patas, un anillo, “seguramente se extravió”, pensó. Anudó la toalla a la cintura y estiró la mano derecha para alcanzarla, desplegó las alas y voló al interior del cuarto, atravesando el reducido espacio que había entre la puerta y el marco. Descalzo como estaba, la abrió de par en par y pasó a la habitación, quedó extasiado por lo que veía. Sobre la pequeña y austera mesa de luz al lado de la cama, la Biblia de lomo granate y en ella “la visita”. Caminó sigilosamente para no asustarla, no parecía alterada, al contrario, la posición casi pétrea lo sorprendía. Se sentó en la cama, subió la mano a la barbilla de manera lenta y a modo de prueba para comprobar la reacción, no se inmutaba. Ya más confiado quiso asir el texto sagrado, ahí sí, de un salto la paloma se instaló en el hombro izquierdo. “Una señal”, fue lo primero que se le cruzó, oró brevemente y se persignó, preparado para encontrar los misterios, abrió la Biblia “al azar” y leyó: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Hay que practicar esto, sin descuidar aquello”. El ave agitó las alas retomando el camino por el que había entrado. En ese volar y salir cayó el diminuto anillo, se agachó a recogerlo, no distinguió el texto y extrajo del cajón de la mesa de noche la lupa: INRI. Lo supo al instante, era lo que estaba esperando, un nuevo tiempo por venir, por construir, Francisco daba los primeros pasos de su papado.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Un niño

Atestado el subte, las ocho de la mañana. Desde su poco más de setenta centímetros el niño va esquivando humanidades, con su pobreza a cuestas. Comienza un nuevo día en la ciudad para todos, y entre todos el niño, ahí lo vemos, repartiendo pequeños papeles escritos a mano, a modo de tarjetas: “Tengo cuatro hermanitos y mi papá dejó a mi mamá”. Invisible para la mayoría, salvo para los muy bien entrenados que de lejos lo ven venir y al acercarse lo esquivan, al compás de la miseria que porta. Y también están los otros, los salvadores, minoría. Hay un hombre que hurga en el fondo de un bolsillo del saco, y encuentra lo que busca: una moneda, que es recibida por el niño, la recompensa celestial, desde arriba; para su pobreza bien paga, por la lástima, y por la necesidad de limpiar una conciencia. Bondad y misericordia, y el rosario –visible- de cuencas lustrosas que cuelga del cuello para purificarse y ser considerado en lo Alto, al menos esta es la imagen que da, mientras vuelve a la lectura de un libro, de Cohelo, cuando el infante le da la espalda y sigue su camino; moneda ganada es moneda guardada. Uno en representación de los otros, de aquellos que huyen de la contaminación de la pobreza, que el niño parece expandir, y lo siente, y es motivo de lástima, o desprecio. Todos finalmente serán perdonados, en el calor de sus hogares, rodeados en familia, revisando los cuadernos del colegio, besándose los esposos, con la cena servida en la pulcra e inmaculada mesa. El niño sólo quiere terminar el día, que será de catorce horas y un mendrugo a escondidas en las catacumbas de la gran ciudad. Como los cristianos del siglo primero, con estos nuevos romanos, perfumados y a puro mensaje de texto. Cuando puede le escapa a la tarea, brevemente, para juntarse con otros pares y patear una pelota en la Plaza de Retiro, sabiendo del castigo al que está sujeto, por no cumplir. En esa imagen, la de correr, jugar, saltar y patear una pelota, la imagen de la niñez robada, sin culpables, o sí, el sistema, impersonal, inimputable, para disquisiciones demagógicas en algún programa político. Ya sabemos: la culpa (si existe) es de los otros, siempre, los anteriores, o los que nos gobiernan y no quieren, no saben, no pueden, o no deben…; en definitiva es un pobre niño, quizás el cordero de Dios, la piedad puede esperar, se necesita del calvario de algunos para poder encontrarnos de rodillas penitentes, como metáfora de una sociedad que conoce a la perfección los mandatos, el control y los espacios a ocupar por cada uno. Algunos trabajan, otros estudian, se es buen padre, madre, hijo o vecino, y está el niño, que también cumple una misión, que también es necesario. En varias oportunidades algún agente de policía ha tratado de disuadirlo para que no entorpezca el andar de los buenos ciudadanos, sin entender que su presencia es fundamental, como el agua, una bendición, no una molestia, para los que de verdad creen, los que desde la lástima transforman los gestos en bondad. Por la moneda salvadora, por la pobreza que será esquivada, por todos los que serán perdonados, por las conciencias lavadas y los gestos, el cielo y el infierno, dos caras de la misma moneda. Esa moneda que no recibe el niño, porque la que está destinada a él tiene una sola cara, la de la certeza de continuar siendo pobre.

martes, 26 de agosto de 2014

Al diván

Tengo algo para decir. Prefiero sentarme frente a mi amigo Adrián Krause, filósofo, antes que visitar nuevamente un psicólogo/psicóloga para contarle mis penas, padeceres de la vida, del pasado, del futuro, del porqué en el planeta, en fin, toda una suerte de cuestionamientos e interrogantes que cruzan la cabeza de aquél que leyó más de dos libros. El iletrado no necesita estas cosas, ni se las plantea, vive más plácidamente y sin tantos dramas. ¡Pobre! (mi amigo Adrián), entre mate y mate se banca lo que venga. Los temas surgen de manera fortuita (¡bah!, en realidad no hay casualidad), una catarata de preguntas, discusiones, ida y vuelta sobre un tema, y otro, y otro. ¿Dios?, ¿un ser superior creador del universo?, permítanme expresarlo claramente: ridículo. Hasta suelo trenzarme con creyentes, y sí, me trae kilombos, pero me gusta, soy lo que se denomina un transgresor, un provocador, o en el idioma de la calle un rompepelotas. Hijo de padres separados, ¿vieron qué todo el mundo le echa la culpa de sus males a las desavenencias paternas?, resulta una buena excusa, además, hoy en día,¿quién no tuvo, o tiene, una familia disfuncional?, raro, muy raro. Primaria en escuela de los Hermanos Maristas, secundaria en el Liceo Militar General San Martín. Un lacaniano en terapia me miraba hablar, ¡me sentía tan idiota!, un monólogo (de mí parte) y silencio sepulcral. Me miraba (con sus ojos de vaca, agrandados por efecto de las gafas, de tupida barba entrecana, amarillento el bigote de nicotina) y no pronunciaba palabra. No me servía, necesito la interacción con el profesional, ¿profesional?, con el psicólogo, se entiende. Así, en una entrevista de admisión a la que concurrí después de la fallida experiencia con “ojos de vaca”, me derivaron a la licenciada Roxana, el apellido lo reservo por cuestiones obvias, quien sería la indicada, acorde mi necesidad, esa que les comenté: interactuar. Interactuamos tanto que terminamos teniendo sexo en el diván. A la cuarta o quinta sesión (sexsión es más apropiado), después de los devaneos carnales –me recibía con un beso en la boca- dijo: “no va más esto”, -lo sé, pero la verdad me encanta acostarme con vos. Seguimos revolcándonos un tiempo más, hasta que sentí que me enamoraba, se lo dije, terminamos. Con otra carga encima, ya que la “indicada” me dejó peor, tuve que conseguirme un nuevo terapeuta para contarle que mantuve relaciones con mi ex terapeuta, que estaba enamorándome, y que decidió terminar conmigo. En este ir y venir de psicólogo en psicólogo (perdida de dinero, hasta Roxana cobraba, imaginen la confusión…), un buen día, harto, recurrí por fin a mi amigo Adrián, ya les conté, el filósofo, dándome cuenta que mucho antes tendría que haberlo hecho. Los contrapuntos al calor del existencialismo, ese que habla de la libertad, la responsabilidad individual, las emociones y el significado de la vida, son un entramado de disquisiciones que me llegan. Había leído (yo) casi toda la obra de Nietzsche, algo de Heidegger y los libros de Simone de Beauvoir: “La vejez” y “La mujer rota” (ambos herencia de mi madre), de Sartre algunos ensayos y notas. Bien, los encuentros con Adrián resultaron gratificantes y esclarecedores. En cuestiones religiosas para mí el asunto es más simple (como escribí líneas arriba), no creo. Es imposible aceptar a Dios con sus perversiones y maldades, con los sacrificios y sanciones. El tipo inserta –permítanme el término- a su hijo en el seno de una pobre familia para que la mujer lo engendrara, el esposo carpintero, al principio dudaba, pero Dios, viendo que el asunto se le iba de la manos lo envía al arcángel Gabriel (especie de mandadero, que se la pasaba yendo y viniendo, anunciando y haciendo las veces de vocero) con la secreta misión de convencerlo del milagro y la castidad de Ella. Ya más tranquilo, José prosiguió con su trabajo en la carpintería, adelantando pedidos que había descuidado con motivos de la duda. Duda que es comienzo y fin de todo y todos, no tan solo jactancia de intelectuales. El muchacho, el de Belén, el de la Trinidad, ya crecido salió a propalar el mandato supremo, terminando como sabemos en la cruz. Cruz a la que fue subido, aunque las manos hayan sido romanas, por los judíos, que en estas cosas de aparecidos y mesías la tenían muy clara, y no le creyeron. El medido prefecto de la provincia de Judea, Poncio Pilatos, no encontraba motivos para darle muerte, sin embargo la insistencia pudo más y ahí fue (el hijo), a sufrir y morir por nosotros. ¡Qué padre!, el celestial, no el otro, José (que en realidad no era el padre, recuerden lo del arcángel), presenciando desde lo alto semejante calvario, imperturbable dejó que prosiguiera en pos de la obra (su obra, en cuerpo y alma del hijo). Mientras tanto esperaba Pedro, seudónimo que le colocó Jesús en reemplazo de Simón, y Pedro, el obediente, el de la piedra, perdonado de antemano por negarlo tres veces, fundó en su nombre la iglesia, que lo fue sobre el nombre Pedro, o piedra, en nombre de Jesús, el hijo del Altísimo, que lo dejó a su suerte, para hacerlo resucitar más tarde. En estas divagaciones me encontraba cuando anunciaron que el atentado a las torres gemelas en Nueva York había sido pergeñado y planificado por un tal Bin Laden, quien en nombre de Dios decidió castigar a los infieles, y Bush, en nombre de Dios comenzó a preparar la escalada bélica. Todos unidos por el Señor. Y me vino a la mente (¿iluminación?) la sentencia del portugués Saramago: “Dios no es de fiar”.

viernes, 15 de agosto de 2014

Rosita Renard y René Amengual Astaburuaga, unidos por la música

Presiona play sobre la imagen de Mendelssohn para escuchar Prelude op. 104; interpretado por ella.

BIOGRAFÍA DE ROSITA RENARD
Bien vale el recuerdo para quien fuera maestra y tutora del hermano de mi abuela, el genial René.
El 8 de febrero de 1894 nació en Santiago la primogénita del catalán José Renard y la chilena Carmen Artigas, Rosita Renard. Creció en una familia acomodada y amante de las artes. Autodidacta, ya a los cuatro años tocaba en el piano familiar, los aires de Rigoletto.
Luego de separarse, doña Carmen crió a sus hijos en un estricto régimen de austeridad y dedicación, que forjó la personalidad de Rosita.
De inmediato destacó entre los discípulos del Conservatorio Nacional, donde inició estudios a los 8 años. Al graduarse con la más alta calificación, en 1908, recibió su diploma en medio de la aclamación de sus maestros y compañeros.
Debutó exitosamente el 15 de mayo de 1909 en el Teatro del Conservatorio Nacional, inaugurando su carrera de concertista.
Gracias a una beca que le otorgó el Presidente Pedro Montt, en 1910 la joven se instaló en Alemania junto a su madre, para perfeccionarse en el Conservatorio Stern de Berlín, donde se graduó en 1914. Allí compartió con un joven Claudio Arrau las enseñanzas del maestro Martin Krause, quien le auguró fama mundial.
En 1916 viajó junto a su madre y su hermana a Estados Unidos como maestra del Conservatorio DKL de Rochester. Su debut en el Aeolian Hall, colmado de elogios y ofertas, la salvó de las penurias económicas. Regresó a Chile en 1920 a ofrecer conciertos, pero con la intención de volver al país del norte a grabar rollos de autopiano.
Blanca, su hermana menor, quien también era pianista, fue becada para estudiar en Alemania y doña Carmen decidió cancelar los planes de Rosita, produciendo un quiebre en la relación que terminó con el viaje en solitario de la hija mayor a Estados Unidos, en 1925. Al amparo de un convento en Nueva York, intentó dificultosamente retomar su carrera.
El 28 de agosto de 1928 contrajo matrimonio con el checoslovaco Otto Stern, cantante lírico de discreto talento. Por la crisis de 1929 viajaron juntos a Chile y Rosita ingresó como profesora al Conservatorio Nacional, por entonces incorporado a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde impartió clases hasta 1936.
En 1941 tocó en la Orquesta Sinfónica de Chile; en 1944 inició una gira por Latinoamérica y el Caribe, y en 1945 por Estados Unidos y Canadá.
Tras impartir clases en Caracas y jubilarse en 1948 del conservatorio, realizó conciertos en Buenos Aires, Bogotá, Medellín, Montevideo, La Habana, México, Puerto Rico y Curaçao.
La extraña enfermedad del sueño, producida por la picadura de un mosquito, le quitó la vida el 24 de mayo de 1949, quedando para las generaciones postreras escaso registro de sus interpretaciones.


Extracto de un libro en Google en el cual podemos apreciar la interesante descripción que hace René de Rosita.

lunes, 11 de agosto de 2014

Ancestro más remoto: Hernán García de la Rúa

El registro de familia más antiguo corresponde al año 1415, cuando nace Hernán García (entiendo que en este caso el García era utilizado como nombre ya que su hijo lo tiene en primer término) de la Rúa; en Talavera de la Reina, Toledo, Castilla-La Mancha, España. A continuación, la secuencia hasta María Elena Amengual Astaburuaga (1907-1995).

aurora astaburuaga urzúa es la madre de maría elena amengual astaburuaga

josé pedro astaburuaga cienfuegos es el padre de aurora astaburuaga urzúa

petronila cienfuegos y silva es la madre de josé pedro astaburuaga cienfuegos

catalina silva montero es la madre de petronila cienfuegos y silva

luis de silva y gaete es el padre de catalina silva montero

rita josefa ortiz de gaete y osorio de toledo es la madre de luis de silva y gaete

valentín ortiz de gaete y fernández de córdoba es el padre de rita josefa ortiz de gaete y osorio de toledo

fernando ortiz de gaete y mier de arce es el padre de valentín ortiz de gaete y fernández de córdoba

francisco ortiz de gaete y agurto es el padre de fernando ortiz de gaete y mier de arce

francisco ortiz de gaete y jofré de loayza es el padre de francisco ortiz de gaete y agurto


geracina jufré de loayza y meneses aguirre es la madre de francisco ortiz de gaete y jofré de loayza

constanza meneses y aguirre es la madre de geracina jufré de loayza y meneses aguirre

gral. francisco de aguirre de la rúa es el padre de constanza meneses y aguirre

hernando de la rúa es el padre de gral. francisco de aguirre de la rúa

garcía de la rúa es el padre de hernando de la rúa

hernán garcía de la rúa es el padre de garcía de la rúa

viernes, 8 de agosto de 2014

Fidel Castro, Salvador Allende y Consuelo Gatica Amengual

Llegó el jueves 10 de noviembre de 1971; su visita originalmente era por diez días, al final fueron 25 y recorrió casi todo el país.
En pleno gobierno socialista se generó la polémica; eufóricos los partidarios de la UP (Unidad Popular) e indignados los opositores.
Fidel Castro pisaba tierra chilena y ya nada sería lo mismo; al menos para María Consuelo Gatica Amengual (foto).

Siendo dirigente del Gremio de la Salud (Hospital Alejandro del Río; Puente Alto, Santiago) -mi tía-, junto a un grupo de compañeras habían concurrido a La Moneda, a efectos de presentar un proyecto de construcción de viviendas para los empleados del mencionado centro sanitario.

Mientras le exponían la idea al presidente Salvador Allende se anuncia la entrada del lider cubano. Cuando todo hacía preveer la culminación del encuentro, este prosigue y son testigos del ingreso de Fidel Castro a la sala de reuniones.
Ahí lo vemos caminando con su porte marcial, imponente, el característico uniforme verde oliva y las botas negras. Se dirige al presidente y lo abraza cálidamente.
Haciendo honor a su proverbial carisma, se acerca a repartir besos entre las señoritas.
Mi tía -que al día de hoy puede dar cuenta de la emoción del momento vivido- lo saluda y tiene el gesto (¿osadía?) de acariciar la banderita cubana que llevaba Fidel en el pecho; sorprendido, el comandante la desprende y se la coloca a ella.



En diciembre de 2009 fui depositario de este legado de valor infinito. Ocupa, no podía ser de otra manera, un lugar de privilegio entre mis objetos más preciados.

Más allá de cualquier disquisición ideológica sobre Fidel, nadie puede negar que se trata de una de las figuras más representativas del siglo XX; alguien que marcó a fuego a varias generaciones.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Un amor que no fue cuento


Mis abuelos paternos, el 19 de mayo de 1934 se encontraron por primera vez en la Biblioteca Nacional de Chile, María Elena Amengual Astaburuaga y Osvaldo Gatica Camoglino.

Ella toda de azul; él, con un clavel blanco en el ojal, al lado de la insignia de la Federación de Estudiantes. Hasta entonces tan solo contactos telefónicos.

A continuación, el encuentro, narrado por uno de sus hijos, Juan Bautista Gatica Amengual (hermano de mi padre).

Habían decidido, por fin, conocerse.
Nunca, durante horas de ansiosa y casi furtiva conversación a la distancia, se describieron.
El conocía de ella sólo su voz queda; ella de él, sólo las inflexiones de la suya, cuando, ufano, le recitaba telefónicamente lo de las oscuras golondrinas y sus nidos en los balcones, y aquello del salón en el ángulo oscuro…

Se encontrarían en la Biblioteca Nacional.
Él, impuntual impenitente, devoró a grandes zancadas las escalinatas. Se acercó al mesón de escritores españoles y mirando alrededor con un dejo de astucia, alzando la voz, pidió: Gustavo Adolfo Bécquer por favor…


Foto (frente y reverso), escrita por mi abuelo, me exime de cualquier comentario...

Los pescadores

Gaviotas de mar y pelícanos con graznidos daban la recepción a los curtidos pescadores, llegaban desde la caleta El Membrillo al puerto de Valparaíso con la carga del día: merluzas, congrios, reinetas y langostinos.
No sólo significaban la paga, escasa, era la culminación de la agotadora faena, la redención del hijo, de San Pedro -el patrono-, y del trabajador a la vista de Neruda. El hombre en su totalidad, en la dimensión del que hace los panes y los peces, el de Cristo y el Nuevo Hombre.
Camilo, quien había sido un ferviente militante de la UP y Salvador Allende, todos los días, antes de soltar amarras en “La Temible”, recitaba alguno de “Los versos del capitán”.
Posesionado en imagen y gestos, se calzaba la gorra y partía junto al resto de la tripulación, los pescadores artesanales, en una hermandad de siglos.
A dar la pelea, casi siempre librada de manera feroz en la tierra más que en el mar, ¡si se trataba del Pacífico!…, por el precio y por las condiciones del trabajo.
En las pronunciadas arrugas y los vacíos de la dentadura aún se podía ver la nostalgia de tiempos idos, y en las largas charlas en el club social por ellos fundado, cada dos por tres un parroquiano recordaba “al Chicho”, brindaban fuera de toda cordura, con abundante ingesta de pisco y cerveza.
La desmesura de la lucha contra los grandes buques industriales y sus métodos prohibidos en la Unión Europea, como la aspiradora y redes con casi cero margen de espacio para permitir la liberación de pequeños peces.
En definitiva, el Dios Mercado y el evangelio según Milton, acuñado bien al norte, respetado a rajatabla por los gobiernos de Chile, en una iglesia que no sabe de apóstatas.
Braceando y braceando, hasta hace algunos años salían a pescar muy cerca de la costa, hoy deben navegar varios kilómetros mar adentro para terminar descargando en el lanchón merluzas que “al cortarle la cabeza parecen sardinas”.
Una foto colorida para los turistas, una foto en sepia para sus familias.
Casi sin fe, sin esperanzas, en esta encrucijada de la historia donde el neoliberalismo se instaló ad eternum, excluyente, ellos no olvidan…, y piden otra vuelta de pisco.

domingo, 3 de agosto de 2014

Vicealmirante Recaredo Amengual Novajas

El 26 de octubre de 1858, nace en Santiago de Chile, Recaredo Amengual Novajas. Es hijo de Santiago Amengual y Gertrudis Novajas. En este punto, menciono que “el manco glorioso” tuvo dos matrimonios; el contraído con Gertrudis y el que corresponde a nuestra familia directa, el enlace con Celia Peña y Lillo Morgado.

Aclarado este punto, a favor de la rigurosidad genealógica, ahora sí nos centramos en la biografía.

El ingreso a la Escuela Militar se produce cuando alcanza los 14 años, optando –aún no existía la división actual- por la rama de la Marina; egresando en 1875 con el grado de Aspirante.

Es en la corbeta Esmeralda, bajo la comandancia del Cap.de Fragata Luis Alfredo Lynch Zaldívar y del Cap. de Corbeta Arturo Prat Chacón; donde se imprime con fuerza y pasión el amor por el mar y el arma a la que había decidido entregar su vida. Para destacar son las actuaciones que tuvo –demostrando real valía y coraje- en la Guerra del Pacífico: Combate Naval de Chipana, Angamos, Pisagua, la rendición de Iquique, etc.

En 1891, al igual que su padre –el Gral. Amengual- decide participar activamente a favor del gobierno del Presidente Balmaceda.
Cabe aclarar que la Marina, mayoritariamente, se inclinó por los golpistas del Congreso. No así el Ejército que se dividió en un cincuenta por ciento para cada bando. Era Cap. de Corbeta 2°, comandante del cazatorpedero Lynch, cuando encontrándose en Punta Arenas destituyó al comandante de su buque. Ante la derrota de los “balmacedistas”, se exilió en Argentina; siendo pasado a retiro. Posteriormente, en 1897 es reincorporado.

Le llegaría el momento soñado -1905- cuando se lo designa Comandante del buque escuela "General Baquedano".
En lo profesional, debió supervisar en Inglaterra la construcción de los cazatorpederos "Almirante Lynch" y "Almirante Condell". Como jefe de la flotilla y Comandante del "Almirante Lynch", fondeó en Valparaíso el 22 de abril de 1914. Además, comandó el acorazado "Capitán Prat" y ocupó temporalmente el cargo de Comandante en Jefe de la Escuadra.
También destacó en el plano académico.
Obras como, Manual de Meteorología, Oceanografía, Cartilla de Pesca, Manual de la Marina Mercante Nacional y Ceremonial Marítimo Internacional, entre otros, le valieron no solo el respeto y reconocimiento en Chile, sino que también en las principales academias extranjeras.

El 30 de enero de 1916 obtuvo su retiro con el grado de Capitán de Navío, pero el Consejo de Ministros, celebrado en Santiago el 12 de agosto de 1925, le concede por gracia el rango y prerrogativas de Contraalmirante y en 1934, el de Vicealmirante en servicio activo. Falleció en 1936.


La Masacre de La Coruña

Pese a lo terrible del caso, no por ocultarlo “dejará de existir”, es parte de la historia. Los hechos (una sinopsis).

El 4 de junio de 1925 el puerto de Iquique amaneció paralizado. Estaban en huelga los obreros marítimos, ferroviarios y conductores de carretas. Las 124 salitreras habían sido tomadas por los trabajadores.
Tras los sucesos en Alto de San Antonio, que formaban parte de un plan de provocación y aniquilamiento del movimiento sindical por parte del gobierno de Arturo Alessandri, los trabajadores se apoderaron de las oficinas Galicia y La Coruña y distribuyeron víveres. Los intereses salitreros británicos por primera vez habían sido golpeados en conjunto.
El comandante general de armas y jefe de la guarnición de Iquique, Recaredo Amengual, comunicó al ministro de Guerra, coronel Carlos Ibáñez del Campo, que “en la pampa había estallado la revolución soviética”. El gobierno declaró estado de sitio por sesenta días en las provincias de Tarapacá y Antofagasta.
Carlos Ibáñez, convertido en hombre fuerte del gobierno, ordenó a Amengual enviar tropas a la pampa y someter por la fuerza a los obreros.
El 4 de junio de 1925 se iniciaban la masacre de La Coruña.

miércoles, 30 de julio de 2014

La rama familiar Astaburuaga

Sincero agradecimiento a José Luis Astaburuaga Labra, el compartir su árbol genealógico familiar me permitió completar las piezas faltantes en el mío.

En 1582 nace en Bilbao, España, DOMINGO DE ASTABURUAGA (hijo de FRANCISCO ASTABURUAGA y CATALINA DE ROMERETE Y GOROSTIZA) quien se casa con CATALINA DE URENE Y GARRO (? - 1653); hija de MARTÍN URENE y ANA GARRO. Tienen como hijo a MARTÍN DE ASTABURUAGA URENE Y GARRO (1608-1671), casado con MARIANA DE IDEOETA (1609- ?).
De este matrimonio nace JUAN DE ASTABURUAGA E IDEOETA (1653-1717), casado con MARIANA DE ZERKALDE Y PORTU URIARTE.
El hijo de ellos, ASCENCIO DE ASTABURUAGA Y CERCALDE (1682- ?), nace en Guipuzcoa, España, casándose en 1713 con MARÍA DE ARAMBURO-ZAVALA (1685- ?).
En 1716 nace ANTONIO DE ASTABURUAGA Y ARAMBURO-ZAVALA, quien se casa en 1748 con MARÍA ASENSI DE ELEXALDE, su hijo se llama MANUEL ASTABURUAGA ELIZALDE (1757- ?) nacido en Salinas de Léniz, Guipuzcoa, España. Este ya viaja para América.
Se casa en 1786, Talca, Chile, con MARÍA ROSARIO TORO MAZOTE DE VALDOVINOS. En 1796 nace su hijo: CAYETANO ASTABURUAGA TORO MAZOTE, quien se casa con PETRONILA CIENFUEGOS Y SILVA.
Su hijo, JOSÉ PEDRO ASTABURUAGA CIENFUEGOS se casa con CATALINA URZÚA VERGARA.

La hija de estos, AURORA ASTABURUAGA URZÚA, contrae matrimonio el 28 de mayo de 1899 con ALBERTO AMENGUAL PEñA Y LILLO (hijo del General don Santiago Amengual Balbontín y de doña Celia Peña y Lillo Morgado).

Foto: Aurora, Alberto y cuatro de sus siete hijos; aún no habían nacido María Elena (mi abuela), René (el compositor/ músico) y Hernán.

1- Celia Josefina Catalina (Aurora) Amengual Astaburuaga, nacida el 19 de marzo de 1900.

2- Alberto Amengual Astaburuaga, nacido en octubre de 1901.

3- Filomena (Inés) Amengual Astaburuaga, nacida el 8 de noviembre de 1903.

4- Fernando Octavio Amengual Astaburuaga, nacido el 16 de septiembre de 1904.

5- María Elena Amengual Astaburuaga, nacida el 16 de diciembre de 1907 (mi abuela).

6- René Amengual Astaburuaga, nacido el 2 de septiembre de 1911.

7- Hernán Oscar Amengual Astaburuaga, nacido el 16 de febrero de 1915.

Las hijas 1 y 3, "adoptaron" los nombres que están entre paréntesis; no fueron los registrados por sus padres.

sábado, 26 de julio de 2014

Toda una vida dedicada a la Patria

- Ingresa muy joven a la Academia Militar donde recibe la formación castrense.
- Vuelve a Quillota y sirve en el Batallón Cívico local hasta el grado de Capitán.
Abandona su ciudad natal para desempeñarse como oficial de la Alcaldía de la Aduana de Valparaíso.
- A los 22 años, decide reintegrarse al servicio nuevamente y le acepta la petición el Teniente General Manuel Blanco Encalada (4-6-1837). Se integra al Batallón Cívico Nro. 2 del puerto. Dos días después, se enfrenta a las fuerzas rebeldes del Coronel José Antonio Vidaurre.
Por su valor en los encuentros armados, se le otorga el grado de Capitán de Ejército (14-6-1837).
Aquí comienza oficialmente la carrera militar de Santiago Amengual, rubricada por la participación en las campañas contra la Confederación Peruano-Boliviana.
- En 1842 es designado Ayudante del Ministro de Chile, don Ventura Lavalle. Ejerce tareas de índole diplomática para normalizar las relaciones con Bolivia.
- El 26 de marzo de 1846 se le reconoce el empleo de Capitán efectivo y pasa a prestar servicio en el Cuerpo de Asamblea.
El 3 de octubre del mismo año, es transferido al Batallón Chacabuco.
- El 29 de octubre de 1849 asciende a Sargento Mayor. Tal promoción conquistada por su actuación en la Batalla de Yungay.
A estas alturas, Santiago Amengual venía destacándose desde hacía ya casi diez años por sus atributos para crear cuerpos militares de la más variada índole.
En 1840 organizó la Artillería de Marina; en 1842 el Escuadrón de Lanceros de Valparaíso; en 1844 cinco Escuadrones de Caballería en Quillota.
Funda en 1851 el Batallón de Cívicos Nro. 4, y el 2 de febrero de 1859 el Batallón Nro. 7 de Línea, el mismo que reorganizara veinte años después.

- El 17 de marzo de 1859 comandando el Séptimo de Línea, de 440 plazas, se acantona en Curimón, ante signos de alteración del orden público.
Con fecha 6 de agosto de 1861, obtiene grado de Coronel efectivo. Un mes después se acoge al retiro absoluto de las filas, en virtud de una herida grave recibida en la revolución de 1859, que le deja inutilizado completamente el brazo derecho.
Se dedica un tiempo a las labores agrícolas, pero la pasión por la Patria pudo más, y es vuelto al servicio el 23 febrero de 1877 para ser edecán del presidente Anibal Pinto Garmendia.

Después de su intervención gloriosa en la Guerra del Pacífico se retiró a la vida civil en 1888 con el grado máximo de General de División concedido el 18 de agosto de 1887. Su "última" tarea en el Ejército, la prestó integrando la Comisión Calificadora de Servicios desde el 24 de septiembre de 1880.

No pudo con el genio, y se sumó a las fuerzas que defendieron al Presidente José Manuel Balmaceda Fernández en la asonada del Congreso de 1891.
Al ser derrotados, el Presidente se suicida en la embajada argentina y Santiago Amengual es degradado (sic), padeciendo la persecución de los vencedores y llevando una precaria existencia; él y la familia.
En 1896 por vía de la Ley de Amnistía e Indulto decretada por el Presidente Jorge Montt Álvarez (sucesor de Balmaceda), es reivindicado en su grado militar de General de Ejército; con todos los honores.

Muere en la paz del hogar, el viernes 29 de abril de 1898, a la 1:10 de la tarde.
Lo acompañaban su esposa Celia Peña y Lillo, sus hijos (entre ellos mi bisabuelo Alberto), amigos y el médico de cabecera, el Dr. Moisés Amaral.
Las honras fúnebres tuvieron lugar en la Iglesia Santa Ana. A la salida del templo, 925 soldados del Batallón Nro. 1 de Infantería y un Escuadrón del Regimiento Nro. 2 de Caballería rindieron los honores póstumos.
Tras la cureña, cubierta de flores y escoltada por cuatro batidores a caballo, marchaban el Cuerpo de Inválidos y Veteranos del 79, portando su estandarte enlutado y la Escuela Militar.

Don Carlos

La densa neblina impedía ver con claridad, aceleré para darle alcance, sentado al volante del auto y paralelo a su bicicleta no tuve dudas, era él, don Carlos. Hice sonar la bocina, bajé la velocidad para seguir su andar, inclinó la cabeza hacia la izquierda y me miró, reconocí su característica expresión de ternura y saber. Giró lentamente el manubrio hacia la derecha buscando la banquina al costado de la ruta, se detuvo y quedó esperando. Frené unos dos metros adelante.
No me atreví a bajar, estaba completamente alterado, por el retrovisor externo de mí lado lo vi parado al lado de la bicicleta, apoyada sobre la cadera, su figura alta, delgada pero fuerte, recta como un junco, irradiaba luz, aura.
El escenario descripto, más la luna que se apreciaba parcialmente entre nubes, hacían de este momento nocturno algo mágico, especial, y a su vez cargado de incertidumbre; por lo desconocido, aunque íntimamente esperado, buscado, y cuando llega no deja de alterarnos, nos saca del eje; al que nos acostumbramos tras lo habitual de lo cotidiano, de la existencia común, “normal”, de la mayoría de las personas.
Don Carlos me hizo una seña para que descendiera y así lo hice, caminé lentamente hacia él.
-¡Carlos! – lo estreché en un fuerte y cálido abrazo, y percibí de inmediato el aroma característico a jabón de lavanda, fresco. -¿Cómo está Marcelo?
-Un tanto confundido, siempre lo tengo presente, es más, en la mesa de luz he dejado el libro que me regaló de Pablo Neruda… -no pude terminar la frase.
-¡”Confieso que he vivido”!
-Exacto, bastante seguido lo tomo, lo hojeo, releo su dedicatoria, en fin, era una manera de acercarme, de tenerlo presente.
-¿A Neruda? –una pregunta en línea con su sarcasmo habitual.
-¡A usted Carlos!, no me olvidó de todo lo que hemos compartido, y sabe que lo admiro, y lo extraño.
Para mí significó una fuente inagotable de conocimientos, de vida -¿De vida?
-Sí, de vida, muchas veces me encuentro en situaciones cotidianas que me llevan a recordar cosas que usted me contaba le habían pasado, sus consejos… -me interrumpió:
-Pero no olvide que esas experiencias son las de uno, intransferibles, un momento es un mundo, es usted y su circunstancia. -¡Ortega y Gasset!, “yo soy yo y mi circunstancia”.
-Así es, uno acorde con lo que vive, a la circunstancia en que está sumergido, unicidad: usted y lo que le pasa, lo que le pasa y usted, un círculo.
Cambió de tema, una costumbre entre nosotros, aunque siempre me reprochaba que lo cortaba cuando estaba hablando, antes de finalizar.
-¿Imagino que no olvidó aquello de “todo está en los clásicos”?
-Obvio, aunque resulta tedioso para infinidad de lectores “El Quijote”, o “Crimen y castigo”…
-Seguramente resulta tedioso para aquellos que están pendientes de la inmediatez, de la cultura “fast food”, todo ya, todo ahora, todo rápido, textos que no requieren demasiada concentración, porque así fueron escritos; escritos desde lo llano, que no es lo mismo que decir desde el llano, no desde la profundidad del alma humana. Lo efímero, con perogrulladas que para personas poco exigentes son revelaciones, mundos descubiertos. ¡Y ojo!, no es un juicio de valor hacia el lector, no digo ni que esté bien ni mal, tan solo describo una realidad, y coincidirá seguramente conmigo.
-Totalmente, el videoclip, los cortos publicitarios, lo predigerido, no hay un ida y vuelta. Lo largan, lo consumo, listo, final, a otra cosa.
-La lectura de aquellos grandes de la escritura requiere de tiempo, concentración, pensar y repensar. No es una tarea sencilla, al menos en la actualidad, ¡pero qué placer!, en fin, pocos pueden abstraerse del celular, de escribir mensajes por cualquier tema trivial, “salgo con bufanda, hace frío”.
-Jajaja, es verdad, todavía no caí en esas boludeces.
-¡Usted no Marcelo!, Dios nos libre.
-¿Se hizo creyente?
-¡No!, mucho menos a esta altura, es una frase de forma, atávica diría.
Hablando de escritores, pese a que usted lo niegue, la tecnología le interesa bastante, ¿notó esto del contacto físico con los libros?, es otra cosa, son irreemplazables.
-Pues claro, he tratado de leer en dispositivos digitales pero no es lo mismo, ¡qué se yo!, serán más prácticos, todo lo que quiera, pero no pueden suplantar el texto sobre papel.
-¿Sabe qué sucede amigo?, el aroma que emana del papel de los libros, es adictivo, embriaga, no se puede reemplazar. ¿Nunca le pasó de estar concentrado en la lectura y sentir al instante la necesidad de oler las páginas?
-¡Infinidad de veces!, es como usted dice, así como el que fuma no pude prescindir de la nicotina, los lectores de libros necesitamos ese efluvio.
¿Puedo decirle algo? -Sí, por supuesto, sabe usted que nada es casual.
-Me ganó de mano una vez más, eso es lo que iba a preguntarle, tantas veces en el pasado hablamos sobre la casualidad, que no existe, que todo tiene una razón de ser.
-Sí, aquello del universo en un esquema de momentos encadenados uno al otro y que nada es azaroso, la causalidad.
-Entonces usted aparece después de dos años, cómo de la nada, y seguro sabe de cuánto lo pienso, lo recuerdo.
-De la nada no aparezco, y mire si sabré cuánto me extraña que hasta podría enumerar las veces que pasó por el frente de mi casa, y en cuantas estuvo a punto de golpear las manos para llamarme, o pegarme uno de sus gritos: “doooon Caaaarlooos” –imitaba mi voz y al finalizar se echó a reír; a borbotones se precipitaron en mi memoria las tardes de mates, las tortillas por él amasadas, de harina de maíz, soja y miel, o ese brebaje de malta que sabía horrible a mí paladar, pero lo ingería con fingido placer. Supongo que se daba cuenta, ¡seguro se daba cuenta!, y nunca me lo dijo, aunque lo insinuaba: “¿no le gusta verdad?”, -sí don Carlos, prefiero un café pero es agradable esta infusión. Era un acuerdo entre dos personas que de verdad se quieren, se respetan, que disfrutan al compartir conocimientos, vivencias (más yo de él, como es de imaginar), ideas, discusiones. En un orden que no era de pares, pues lo consideraba un maestro, se lo decía, su respuesta, enmarcada por una sonrisa y juntando los dedos de la mano derecha en un racimo: “¡qué maestro ni qué maestro!, dejese de joder”.
-A los tres meses de su partida me aboqué con toda pasión y energía a profundizar sobre los sueños lúcidos, alguna que otra vez recuerdo que lo hablamos.
-Mire, hay quienes pensarán que son cuestiones de oscurantismo, supercherías, pero están asociadas a los viajes astrales, a los maestros budistas orientales, los del Tíbet, y hay menciones hasta en pueblos aborígenes de nuestro continente, es otro grado de la conciencia, y repito: conciencia, acompañado de la espiritualidad que emana del cosmos, ¡ojo!, nada que ver con la espiritualidad que pasa por las religiones, los altares, los rezos a un ser superior, ¿soy claro?
-Ya sé a lo que se refiere, a la espiritualidad entendida como dimensiones paralelas, y nosotros, como simples mortales no logramos abarcar, salvo abriendo la mente a nuevas experiencias.
-Sí, pero en esto de abrir la mente juegan los prejuicios, la cultura y sobre todo la educación, más en occidente donde todas estas cosas se las suele minimizar o asociar con lo primitivo, pero lo primitivo en el sentido de bárbaro, no evolucionado.
-Es así me querido don Carlos, ¡claro!, pero es la evolución de occidente, comillas para evolución obviamente, que niega lo que desconoce, a lo que teme, a lo que se escapa del control social.
-Así es, lo que no se puede dominar desde el estado, desde lo religioso institucionalizado, es un peligro, entonces se lo ridiculiza y se estigmatizan a quienes buscan otra mirada.
-Claro, pasó tantas y tantas veces a lo largo de la historia de la humanidad, veamos a Galileo, el mejor ejemplo. Igualmente me sorprendió que apareciera aquí en mi sueño, durante varios meses traté de materializarlo y no hubo forma.
-Son pruebas, no todo le puede ser tan sencillo, alcanzar los deseos al mínimo chasquido de los dedos, ¿le daría realmente valor?
-No, la verdad que no, y ahora, cuando no lo esperaba…, y no quisiera despertar, me siento muy bien, feliz. Se acercó, me abrazó, y fijando sus profundos ojos celestes en los míos me dijo:
-Llame a mi nieto Martín y pídale un libro de mi biblioteca, él la tiene, busque “Tratado de la Desesperación”, dentro encontrará una nota. Las respuestas muchas veces están más cerca de lo que uno cree, ya verá. Así, en esa neblina, en esa noche cerrada, con su aura, sin más palabras, subió a su bicicleta inglesa color verde y se perdió en un túnel de bruma.
Desperté tranquilo, en paz, e inmediatamente transcribí en mi apuntador de sueños todo lo vivido, detalle por detalle. Ansioso a tiempo completo, no veía la hora de tener en mis manos el libro de Soeren Kierkegaard; y promediando la mañana llamé a Martín. Después de un intercambio de palabras que hacen al sentido de urbanidad y buenas costumbres, lo conocía de vista, de haber intercambiado algunos “hola” y “chau”, en lo de su abuelo, quedamos que pasaría a las seis de la tarde.
Sabiendo de mi puntualidad por comentarios de don Carlos, a la hora estipulada me encontraba en la puerta de su casa, él esperaba parado sobre el descanso. Nos saludamos con un apretón de manos y me acompañó por el largo pasillo que terminaba en una biblioteca de un metro y medio de ancho aproximadamente y se perdía hasta topar con el techo.
-Ahí están todos los libros de mi abuelo, buscalo tranquilo mientras preparo un café, ¿querés?
-Perfecto, apenas azúcar, gracias.
Nos sucede a los que amamos los libros, después de haberlos tenido en nuestras manos, de acariciarlos, “sentirlos”, fijarnos en ellos, los recordamos como una foto: la tipografía del lomo, el color, una rotura ínfima.
Casi a la altura de mi pecho, el cuarto desde la izquierda; verde musgo, vuelto a encuadernar, con la única palabra: “Tratado” en el lomo. En la cubierta sí el nombre completo: “Tratado de la Desesperación” y por debajo en letras inclinadas “Soeren Kierkegaard”.
Lo leí en dos oportunidades, y en conocimiento de mis limitaciones, quizás tres hubiesen sido las convenientes, para comprenderlo en esencia, en su totalidad, la obra cumbre del maestro del existencialismo.
En la mitad del libro encontré la hoja, esas que se utilizaban en tiempos idos para enviar cartas, un papel muy fino, para que no pesara y encareciera el valor del estampillado, color celeste, con una filigrana en la que se leía Carlos Florit.
La caligrafía perfecta era inconfundible, precisa y preciosa, armonía en las formas, en la traza.

Marcelo, querido amigo:

No es nada extraño dejar una nota para ser leída cuando uno se haya marchado de este mundo. Lo extraño es que usted se enterará de su existencia al ingresar en un sueño. ¿Sorpresa?, ¿le parece?, piense un poco, en todo lo que hablamos sobre el sentido de la vida, la muerte, de otras dimensiones, de la transmutación de las almas y de los sueños… Discutimos un par de veces sobre la casualidad y el azar, ¿sigue dudando?, piense. Conocerme, la pasión por los libros, la política, la filosofía, el amor por los perros, las plantas, ¿casualidad? ¿Recuerda aquello de Hamlet?, seguro que sí, ¡si me lo recitaba de memoria!, las palabras que Shakespeare pone en boca del Príncipe de Dinamarca: “morir es dormir, y tal vez soñar…”, y esto otro: “pues el considerar, que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro…”; ¿es claro verdad? ¡Ay amigo mío!, la muerte física es una realidad ineludible, llegará más temprano, más tarde, vivimos con la muerte, ella está agazapada esperando, y siempre gana, vivimos para morir, es la principal certeza del ser humano, su agobio, su sempiterna tortura, pero nosotros debemos corrernos de ese lugar, es innecesario estar afligido por eso. Hay que aceptarla, convivir con ella, pensando en otros estadios del ser. Lo humano no es tan solo un cuerpo, es muchísimo pero muchísimo más que eso. Usted ya conoce el secreto y sabe a dónde apunto, lo imagino con esa mueca socarrona de tipo sabelotodo, más por inseguridad que por soberbia; amigo mío, la muerte no es lo contrario de la vida, lo que está en la vereda de enfrente y es peor, mucho peor, se llama OLVIDO, y en el recuerdo que usted tiene permanente de mí, en sus pensamientos, en sus evocaciones, en los sueños, siempre viviré.

Hasta un próximo encuentro.

Carlos, con el cariño de la eternidad, ¡vaya que lo sorprendí!


Otra enseñanza del maestro, tan lejos…, tan cerca.